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Salsas Quietud en La Vanguardia 10/04/2022

La alimentación, ante un tsunami de costes

Los fabricantes del sector alimentario combaten la inflación tratando de preservar sus márgenes sin incrementar los precios en demasía.

Lalo Agustina
Barcelona
Fuente: La Vanguardia – https://www.lavanguardia.com/economia/20220410/8190015/alimentacion-tsunami-costes-inflacion-productores-consimidores.html

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Los tres paquetes de galletas de chocolate de la marca Alteza –no son Príncipe de Beckelar, pero también reciben tratamiento real– se podían adquirir en enero a 1,50 euros. Primero los subieron a 1,60. Después, a 1,65. Ayer ya estaban
a 1,80, exactamente un 20% más que hace un suspiro.

La cajera del Keissy, una pequeña cadena de supermercados de proximidad de Barcelona, le comentaba a un cliente esta semana: “Nosotros no podemos hacer nada, es que todo ha subido tanto…” Así es. En el Keissy, en Mercadona, el Carrefour, Eroski, en las grandes marcas y en las propias de la distribución, en los productos frescos y en los congelados, los precios están desbocados. La inflación arrasa con todo.

¿Puede esperarse otra cosa que no sea una subida salvaje de los precios? Los costes de los fabricantes, como los de todas las empresas, se han disparado también, y pagan muchísimo más por la luz, el transporte, las materias primas alimentarias o los bienes intermedios. “Será un año de subida de precios en el que no podremos repercutir todos los incrementos y, en vez de aplicar el 20% o 25%, nos quedaremos en el 10% o 15%”, dice Ángel Velasco, consejero delegado de Torrons Vicens, que aboga por repartir daños entre fabricantes, distribuidores y consumidores.

El 10% o 15% sigue siendo un alza brutal, en absoluto exclusiva de esta compañía. Pero ¿aguantará el consumidor? Con una inflación general en España del 9,8% en marzo en tasa interanual – aunque el incremento real seguramente
fuera superior–, las familias ya van muy al límite. Los salarios apenas han subido, la factura de la luz se ha disparado, y
las cuotas de las hipotecas variables y los alquileres, en cuanto proceda su revisión, contribuirán lo suyo a reducir la renta disponible de los hogares.

En las empresas son conscientes de la situación, que algunos describen como la tormenta perfecta, con una presión asfixiante que llega después de dos años agotadores en todos los aspectos.

En Carpisa, empresa elaboradora cárnica de Griñón (Madrid), revelan su visión del asunto: “El vacuno nos ha subido cerca de un 40% y, con los márgenes aplastados, estamos fabricando más de noche para elevar la producción en las horas valle de la tarifa eléctrica, lo que nos ha obligado a reorganizar los turnos de trabajo”.

En esta compañía insisten en que “de la misma forma en la que antes la prioridad fue garantizar el suministro, ahora hay que aguantar la tormenta de los costes y los precios”. Pero ¿es un fuerte chaparrón o algo más permanente y durarero?

Sergi Ballell, director general del gigante quesero TGT, cree que “más que en una tormenta, nos hemos adentrado en un nuevo entorno: nos falta visión a largo plazo, pero parece evidente que existen problemas estructurales de fondo en el campo, en el transporte y en otros puntos de la cadena de valor que no hemos resuelto y que tienen como denominador común que, como sociedad, hemos dado prioridad al precio”.

La protesta del paro de los transportistas es solo una muestra del agotamiento de este modelo, que ha explotado ahora por un desencadenante exógeno: la guerra de Ucrania. Como consecuencia, han reaparecido, con una gravedad aumentada, los problemas de suministro y se ha producido el descontrol de una inflación con un fuerte componente
energético, pero que ya ha alcanzado el 3,4% interanual en la subyacente.

Por fortuna, a diferencia de otras crisis anteriores, donde la demanda se vio muy afectada por el auge del paro
–como en la Gran Recesión de la década anterior– o por las restricciones a la movilidad o la llegada de turistas durante el 2020 y el 2021, ahora no hay grandes afectaciones en el empleo. El porcentaje de la población en ERTE es residual y, aunque la precariedad laboral persiste, el empleo no es ahora el principal problema del país. Esto permite que las subidas de precios, al menos por el momento, sean más asumibles hasta cierto punto.

Por parte de las empresas, todo el mundo tiene claro que es la hora de la gestión, no tanto para acertar como para no equivocarse. Xavi Pons, consejero delegado de Idilia Foods, explica la complejidad del momento. “La incertidumbre
con las materias primas es altísima: nosotros luchamos por tener aceite de girasol, pero ahora estamos viendo que se
planta menos remolacha y que se dispara el precio del azúcar…”.

Nada es fácil. En Idilia, fabricante del Cola Cao, la Nocilla y otros productos, aseguran que por ahora han puesto el foco
en incrementar la productividad, ganar en eficiencia industrial, reducir costes y esperar a ver cómo evoluciona todo.
“Tenemos dos meses para tomar decisiones, no queremos precipitarnos”, concluye Pons.

Todavía queda tiempo. Aunque ya se han producido muchas subidas de precios por parte de los fabricantes, los potenciales incrementos tienen camino por recorrer antes de que se agoten todas las medidas extraordinarias y, sobre
todo, se vea la respuesta de los consumidores, que es la gran incógnita.

Es mucho lo que está en juego y, para evitar males mayores, las empresas maniobran para tratar de cuadrar el círculo: proteger sus márgenes en la medida de lo posible mientras pugnan por no perder a sus clientes.

Idilia afirma que lo está haciendo a través de mayores esfuerzos de inversión en sus marcas y en la innovación. En Conservas Dani, invirtiendo para tratar de ganar competitividad, según su presidente, Daniel Sánchez Llibre. “Y limitando las subidas al 15% en vez del 35% que correspondería”, asegura. En otras empresas, como la murciana El Pozo, la apuesta es dual. Con 1.500 millones de facturación, los costes fijos de estructura son enormes. Rafael Fuertes, director general de la compañía, admite que han subido los precios alrededor de un 7% después de tenerlos congelados el año pasado. Eso no les evita pasarlo mal, sin consuelo posible en el drama general del sector. “Si nosotros sufrimos, no sé cómo estarán los otros”, avisa. En su caso, la estrategia pasa, siempre según sus explicaciones, por “democratizar el lujo y buscar el valor añadido en los productos más básicos a través de las promociones, el packaging muy funcional y todo lo que tenga que ver con la experiencia y el sabor, por un lado, y la salud y lo natural, por el otro”.

¿Los márgenes? Fuertes reconoce que están cayendo a doble dígito –“no lo habíamos vivido nunca en la vida de la empresa”–, pero que solo queda aguantar. Las empresas tendrán que esperar tiempos mejores desde el punto de vista de la rentabilidad, que se verá muy resentida este año.

Lo único que no pueden hacer ahora es dejar de vender, y esto se aplica a las grandes compañías y a las medianas o pequeñas, aunque tengan poco tiempo de vida.

En este último grupo se encuentra Salsas Quietud, de Sevilla. Julio Estalella, su propietario, puso en marcha la firma de salsas picantes reposadas en plena pandemia. Con la ventaja del que aún es muy liviano, Salsas Quietud ha adaptado rápido su receta al tsunami actual. “Por un lado, hemos apostado por los formatos pequeños, de 100 mililitros, para el mercado doméstico, lo que nos permite ajustar el precio; por el otro, nos abrimos ahora a la producción en granel para la exportación, que nos permitirá también diversificar los ingresos”, resume Estalella.

Todo vale para surfear las olas inflacionarias, que previsiblemente alcanzarán mayor altura antes del verano. Gestión, gestión y gestión, con la esperanza de que antes o después volverá la calma. “Aquí hay que venir llorado de casa
y, ante aquello que no puedes hacer nada, trabajar y otear las oportunidades”, dice Jorge Costa, consejero delegado de Costa Food. “Nosotros estamos atentos al mercado, recortando costes y buscando nuevos canales de venta
en España y fuera”, apostilla. La inflación, como la bolsa, también acaba bajando siempre.

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